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| DOÑA JOAQUINA(Luis Costanzo) El calor fue intenso durante el día, el trabajo no aflojó y mamá me mandó a reponer vino en la heladera casera que tenemos en la pieza de atrás. Una media barra de hielo en un fuentón de chapa. Gastada, con cavidades semicilíndricas marcadas en su superficie. Agrego varias botellas de vino Arizu y cuatro sifones hasta llenarlo. Desparramo dos puñados de sal para que el hielo dure más y cubro todo con un par de bolsas de arpillera bien mojadas. En el piso ha quedado una jarra de vidrio, en ella tenemos agua fresca para tomar durante el día, hoy la hemos consumido toda. De la única canilla que tenemos en el patio sale un líquido marrón, salobre y amargo, imbebible. Es el agua nos viene del tanque de un molino de viento que está en el patio de Doña Pura Cacciavillani, la dueña de casi toda la cuadra. Para tener un poco de agua potable, a diario recurrimos a la bomba de Doña Adelaida Moya, a media cuadra de casa. Ellos han tenido suerte, perforaron y encontraron una napa de agua dulce, exquisita. Escuchando las recomendaciones del caso, salgo con dos jarras a buscar agua. Sin golpear ni pedir permiso en lo de doña Adelaida, paso directo a la bomba. En el pequeño patio de mosaicos hay dos enorme teros guardianes, me vuelven loco con sus ataques, me encaran con sus alas extendidas y sus púas amenazantes, haciendo un barullo infernal. |
| Mientras bombeo tengo que sacarme de encima al Rumy, perrazo pesado que no me tiene mucha estima y que me empuja con su cuerpazo. En el brocal del aljibe, tomando sol, están el Timo, blanco espumoso y el Negro, como azabache, dos hermosos gatos angoras castrados, santos animales. Después de hacer equilibrio con las jarras sobre la incómoda pileta, salgo por el zaguán temblequeando. Mis flacos brazos se fatigan rápidamente, no veo el momento de llegar. La vereda de mi casa, de viejos ladrillos gastados, tiene deterioros que no por conocidos son menos peligrosos. Como pisando huevos voy llegando, en un descuido tropiezo, quedo suspendido en aire en plena caída. En una fracción de segundo se cruzan por mi cabeza un sin fin de pensamientos, me acuerdo de mi pequeño gato Pelú, al cual con mi hermano lo tiramos hacia arriba y siempre cae parado. Sin embargo yo me romperé algo, el agua va y viene salpicándome, mis brazos se estiran logrando un raro equilibrio para evitar que se vuelque. Mis rodillas chocan ruidosamente contra los ladrillos y una puntada de dolor me recorre el cuerpo. Mi cabeza está ocupada en pensar cómo hacer para que estas dos jarras no lleguen al fin de su existencia. Bañándome con el agua, levanto las jarras todo lo que puedo y mis dos codos crujen sobre la vereda con un desagradable sonido. Quedo tendido a lo largo, con rodillas y codos hechos pelota pero con las dos jarras sanas. Dos clientas de nuestra verdulería salen corriendo al escuchar mis gritos de dolor y mi llanto desconsolado para ayudarme. Mamá, como siempre muy ocupada, me envuelve con una toalla vieja, me sacude un poco, ve que tengo los dos brazos encogidos aparte de lastimados. -Te vas a ver a Doña Joaquina ya mismo- Me dice. -Acompáñame - Le pido. -Yo no puedo ahora, andá solo y con cuidado- Contesta medio enojada. Lloriqueando y a duras penas hago las dos cuadras hasta lo de Doña Joaquina, en la puertita de alambre, sin poder golpear las manos, grito. -Doña Joaquina, Doña Joaquina..! Secándose sus manos en el delantal sale de la cocina que da a la galería. -Qué te pasó Luisito- Me pregunta mientras viene hacia mí. Le cuento mi percance entre sollozos y me hace pasar. Busca un plato hondo, destapa una media bordalesa de madera que está debajo de una canaleta que recoge el agua del techo cuando llueve, y con un tarrito casi llena el plato. Entra a su dormitorio y lo coloca en una mesita. Yo espío por una abertura de la cortina de cretona, con flores muy grandes color rosa y tallos verdes descolorido. Se sienta y del bolsillo de su delantal saca un puñado de trigo. Como contándolos, los va tirando en el plato, los pequeños granos flotan y se mueven lentamente. Dolorido y quejumbroso, sigo mirando lo que no debiera, se santigua dos o tres veces y luego comienza a rezar monótonos y apresurados Padrenuestros, gruesas lágrimas caen de sus ojos rodando por sus ajadas mejillas. Pensar que está llorando por mí. Los granos de trigo uno a uno se van hundiendo, balanceándose llegan silenciosos al fondo del plato, y yo empiezo a sentir alivio al desanudarse mis nervios recalcados. Cuando sale enjugándose sus últimas lágrimas, apoya su mano en mi cabeza y me dice: -Tenías una madeja en esos bracitos- Me da un beso y saludos para mamá. Saltando y corriendo, regreso para curarme de las lastimaduras, porque mis nervios ya están como antes, gracias a Doña Joaquina, Santa Mujer. Y las dos jarras sanas! |
| LOS SANMARTINO(Luis Costanzo) Mi familia y yo, siempre hemos tenido algo en común con los Sanmartino, contactos de distinta naturaleza hicieron que existiera una verdadera amistad, salvando las diferencias de clase social en que nos desenvolvemos. Son cuatro hermanos los que conozco, con ocupaciones diversas y bien definidas en el pueblo, que de alguna manera influyen en mi vida porque los veo como personas muy respetables. Uno de ellos alto, de cabello entrecano, ojos claros, muy educado, siempre con sus breches de montar, botas marrones, impecable camisa blanca y torera de gamuza, pañuelo al cuello y gorra. Don Humberto es uno de los rematadores del pueblo. Realiza las ventas de ganado en estancias y tambos de la zona. Hay otros dos martilleros en el pueblo con los cuales no tengo mucho contacto, uno se me hace que es un turco poco amigable por más que es un tipo excelente, su nombre es Rubén Aranda y no se por qué se me da por dárselo vuelta y lo tengo presente como Adnara Nebur. El vasco Azcurra es otro, macanudo y charlatán con el cual converso a menudo. Cuando recorro la clientela llevando los pedidos de verdura me da gusto ir a lo de Don Humberto. Su casa señorial y rodeada de rejas está cerca de la Municipalidad. Soy de confianza en la casa por eso siempre entro por el patio sin llamar, paso derecho a la cocina y acomodo todo en su lugar con la supervisión de Edelmira, la mucama que es muy amiga de mamá y con la que siempre charlo. Algunas veces me cruzo con la hija mayor de la familia, Tolola, muy altanera ella, sin embargo conmigo es macanuda y conversadora, siempre está preguntándome por la escuela y otras cosas. Es profesora de inglés y una de las pocas personas que ha viajado al exterior, estuvo perfeccionándose en Estados Unidos, de tanto en tanto me hace pasar a un cuartucho donde guardan papeles y revistas y me dice: |
| -Elegí lo que te interese y llevátelas. Siempre hay pilas de revistas Life, Match y Selecciones del Rider Digest, todas en ingles. Yo cargo montones y caigo a casa con el papelerío, como no sirven para envolver, a mi mamá no le hace mucha gracia. Me la paso días embelesado con las fotos de aquellas hermosas revistas. Cuando nos juntamos con Julio, mi amigo del alma, tijera en mano nos ponemos a recortar las fotos de los autos americanos, coludos y de colores espectaculares. Así formábamos nuestra colección que pegamos en una carpeta, Cadillacs, Oldsmobile, Ford, Chrysler, Plymounts y otros, uno más lindo que otro, todos tripulados por hermosas mujeres, escotadas y con faldas que muestran en forma picaresca sus rodillas, siempre nos preguntamos, serán de verdad? Mientras estoy arrodillado eligiendo las revistas, pasa don Humberto que me ve y me dice: -Luís cuando pases por el escritorio levantá unos boletines que tenés para repartir. Él aprovecha el hecho de que yo recorro todo el pueblo y le reparto los alargados boletines con el detalle del remate del próximo domingo, siempre le robo un par de ataditos para dibujar del lado de atrás, son de un papel buenísimo. |
| Con esta changa me gano unas chirolas para mis antojos. Don Humberto viene a menudo a nuestro negocio, y siempre me busca cuando quiere comprar jamón crudo. Yo aprendí a manejar muy bien el largo cuchillo fiambrero y me salen unas fetas finas y parejas como a él le gusta. -Ah… y elegíme un lindo melón para acompañarlo- me suele decir. Todo es cuestión de conocerle los gustos. Carga con su compra en su rural Merceditas, la única que circula por el pueblo y parte para el almuerzo. Uno de los hermanos que no conocí, es el que fuera marido de doña Rosa, que vive cerca de casa con sus dos hijas, quedó viuda, pero, sin perder el estatus de familia acomodada, hace trabajos de costura y los domingos vende unas riquísimas empanadas que mi mamá me manda religiosamente a buscar al mediodía. Yo me siento en la cocina mientras Doña Rosa las fríe, y de paso me convida con una de yapa. |
| Para hablar de Don Casimiro, el más pobretón de los hermanos, debo decir que desde muy chico, por la relación que tengo con mis vecinos, la familia Rodríguez me entusiasma tirar con armas de fuego, a pesar de ello, cuando salen a cazar, los acompaño pero no me animo a matar ningún bicho. Al ver esta inclinación, Don Casimiro, petiso regordete, excelente persona, instructor en el Tiro Federal Argentino del Pueblo, me invitó a practicar este deporte tan apasionante. El tiro con Fusil Máuser, arma de guerra pesada a la que apenas puedo levantar. Me cuesta horrores aguantar la violenta patada cuando disparo. Sin embargo, Don Casimiro, paciente, me va enseñando cada detalle y los cuidados a tener en esta actividad y prontamente comienza a llevar anotaciones oficiales de mi performance. He cambiado mi posición de tiro dado que a con mi brazo izquierdo defectuoso, no puedo levantar el arma, y tengo que sostenerla con mi mano derecha y apoyándola en mi hombro izquierdo. Me hace intervenir en torneos tirando a 150 y 200 metros, formando equipo con Julio con quien participamos en otros Tiros Federales de la Provincia. -Tenés que rendir las condiciones de tiro, ya estás en edad de hacerlo y además con tus aptitudes, podes superar las marcas exigidas -me dice don Casimiro. -¿Y para qué es eso? -le pregunto -Si cumplís las tres posiciones, cuerpo a tierra, de rodilla y de pie, podrás pedir anticipación de un año o prórroga de dos años para hacer el servicio militar, además, no entrarás en el sorteo para la marina, que bien sabés, el servicio allí dura 2 años. Ni pensarlo, me he puesto con gran empeño a mejorar mis condiciones y logré cumplir con todos los requisitos. Con la firma de Don Casimiro, la papelería correspondiente fue despachada al regimiento Nº 43, para que llegado el momento pueda acceder a algunas de las opciones, si estoy estudiando fundamentalmente. El Dr. Manuel, fisonómicamente muy parecido a don Humberto, es un cirujano de renombre y se desempeña en varias clínicas y además en el Hospital de Clínicas de Córdoba, cuando mamá ha estado con problemas, el Dr. Sanmartino la ha revisado y le ha hecho todos los trámites para operarla sin que le cueste nada. En el Clínicas la operación fue todo un éxito y estuvimos muy agradecidos al Doctor por todo lo que ha hecho. El cuarto hermano en cuestión es Don Juan, “El bocón” es el apelativo justo que le daría quién lo escuchara por su socarrona forma de hablar. Gordo, prominente barriga y baja estatura. Viste siempre un traje azul marino brilloso de tanto refriegue en colectivos y salas de espera, sombrero Gardeliano y anteojos culo de sifón de grueso marco de carey negro. Es la clásica figura de un “ave negra”, tarea que hace a la perfección. A la distancia se lo presiente por su sonora verborragia; adjetivos festivos, hirientes o despectivos aplica con justeza a todo poblador que se le cruza, al que seguro conoce desde su niñez. Su bamboleante avance, con el pesado portafolio repleto de ilusiones, alegrías o angustias, va castigando con su diario enrollado la cabeza de todo pibe se le cruza por el camino. El negocio de papá es su parada obligada para darse un respiro y hacer algún comentario. Un par de veces por semana viene de Córdoba, con su carga pleitos en marcha o solucionados. Hoy, transpirado por la caminata desde la parada del colectivo, deja el portafolio en el piso y se apoya en el marco de la puerta mientras enjuga su frente con un pañuelo a cuadros. El negocio está lleno de gente y mis padres en pleno ajetreo matinal, Juan no titubea en gritar sonoramente. -¿Che gringo, cuántas veces te voy a decir que el tiempo pasa y vos seguís muy tranquilo? Mi viejo sin entender un corno, se le aproxima -Qui cosa diche? Y Juan le espeta. -Tus hijos están creciendo como arbolitos nuevos, vos no te movés, ¿cuando empezamos el trámite? Yo no entiendo ni jota de esta perorata pero atiendo cada detalle, y el tiempo sabio, después de algunos años me hará conocer el porqué de tanta insistencia. El problema es que mi padre nunca formalizó matrimonio con mi madre, por ello nosotros somos hijos naturales y llevamos el apellido de mi abuela materna, ya que mi mamá también es hija natural y nunca accedió al apellido Brizuela, siguiendo esta línea el mío en la actualidad es Benavidez. La pretensión de Juan, aduciendo que mi secundario está cerca, es que estos dos pájaros se casen y que mi viejo nos dé su apellido, él tiene todavía su asignatura pendiente allá en Italia, donde quedó mujer e hijo que nunca más vio. A mis 12 años, estando yo en 6to. Grado. Una mañana como tantas, Don Juan Sanmartino entra alborotado al negocio. Aplasta su portafolio en el gastado mostrador, mete su mano en el bolsillo del saco y con un chasquido tira una libreta marrón sobre el mismo. Sus cualidades de “ave negra” han conseguido casar a mis viejos a distancia. -Ahí tenés Gringo, ya podes hacer la fiesta, tenés mujer y dos lindos hijos. En este preciso momento mi hermano y yo somos dos Costanzo más. |


